Lady Catherine novela romántica s.XIX


Lady Catherine es una novela romántica ambientada en el periodo de regencia de principios del siglo XIX

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El Buzón de Lady Catherine Rosen.

viernes, 4 de julio de 2014

Capítulo Ocho: Persecución en los pasillos del Rosen's Palace. 19 de Abril de 1812

Abandonamos el baile casi de inmediato a mi regreso del balcón. Engañé a mi hermano afirmando estar enferma, no podía permanecer ni un minuto más allí esperando que él apareciera de nuevo con ojos interrogantes y preguntas de doble filo. Tenía que irme de aquel desastroso primer baile de la temporada.

El resto de la noche y la madrugada no fueron mucho mejor. Apenas cerraba los ojos su imagen se presentaba frente a mí. ¡Maldito espectro! ¡Odiosa fortuna! Todavía latía el calor de su tacto en los lugares donde me tocó. Aun estaba el eco de sus palabras en mis oídos e incluso muchas horas después, cuando despuntaba el alba, mi corazón galopaba desbocado con su recuerdo. En esa noche de fiestas de flores y bailes de primavera no pude conciliar el sueño, no conseguí descansar. No logré hallar la paz.


A la mañana siguiente no me apetecía ver a nadie. Estaba agotada y me demoré desayunando sola en mi habitación, caminé por pasillos vacíos evitando cruzarme con cualquiera quisiera hablar. Me deslicé por las escaleras e inadvertida pretendía esconderme entre los libros de la biblioteca de Rosen's small palace. Pero al abrir la puerta y colarme dentro de mi estancia favorita, otra presencia habitaba ya sus cuatro paredes y precisamente se trataba —como no podía ser de otra manera— del duque de Wellington.

— Catherine.

Pronunció mi nombre mientras se acercaba a pasos ligeros. No quería enfrentarlo aun. No estaba preparada, no había pensado que decir ni cómo justificar lo ocurrido la noche anterior. Giré sobre mí misma y desandé mis pasos. Con un sonoro portazo salí de la biblioteca y recorrí el largo pasillo de puertas de caoba y cortinajes en terciopelo escarlata. Él salió tras de mí y volvió a llamarme en voz alta para frenar mis pasos. Pero no me detuve, ni eché la vista atrás. Me apresuré a llegar a la puerta del fondo, cruzarla y volverla a cerrar.

Tenía que llegar al otro extremo del palacete y salir por la puerta de atrás. Así me perdería entre los jardines, fuera del alcance de Wellington. Pero él era muy rápido, conocía la gran mansión tan bien como yo misma y casi me dio alcance antes de llegar a mi objetivo.

— No huyas por favor, sólo quiero hablar contigo.

Sus palabras me detuvieron a un paso de abrir la puerta con vidrieras que daba a los jardines, volví la vista atrás y ahí estaba él a un par de metros de alcanzarme. Jadeante por la persecución frenó su carrera, para desde su posición intentar convencerme.

Una doncella se asomó al oír las voces y portazos desde una de las puertas cercanas que estaba abierta, pero al comprobar quienes éramos se encerró para seguir con sus labores.

— No tengo nada que discutir con usted Lord Wellington.

Abrí la puerta de cristal de colores con rosas y lirios dibujados, que tras su propio umbral eran posibles de encontrar junto a un sin fin de tipos de flores más... y cerré de otro portazo. Tardé unos instantes en comprender, corriendo como estaba por el verde jardín, que el día no era el más indicado para un paseo entre las flores, pues las cataratas del cielo se habían abierto y parecían verter toda su agua sobre mí.

— Volvamos dentro por favor.

— ¡No! ¡Márchate! ¡Déjame sola!

— No me voy a ir sin hablar contigo Catherine. No tienes lugar al que correr o donde esconderte.

Ambos nos miramos durante un breve momento mojados e inquietos... a la espera de la reacción del otro. Wellington evidentemente molesto e incómodo por el torrencial aguacero, se apartaba los negros mechones de pelo que le obstaculizaba la visión. Él no se iba a dar por vencido. Lo sabía. Así que tomé una decisión. Iba a dejar las cosas claras y tenía que obligarlo a alejarse de mí, pero no allí bajo la lluvia ni tampoco en la casa donde habían demasiados oídos curiosos.

Caminé hacia él con determinación y lo agarré por la manga de su chaqueta empapada.

Tenía que llevarlo al invernadero.





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